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Reportaje / En la orilla. Recorrido cínico de toda una vida

La gran novela de Rafael Chirbes dirigida por Adolfo Fernández, que también la protagoniza junto a César Sarachu, Marcial Álvarez, Sonia Almarcha, Rafael Calatayud, Ángel Solo y Yoima Valdés

Valle Inclán

Por Álvaro Vicente

 

“Por los relojes sabes de qué pie político cojean: un Rolex gordo con muchos cronómetros y barómetros, si son tirando a pepé, gente de derechas; y si lo que les llama es el pesoe, un estilizado Patek Philippe, que es el que usa Felipe González. Patek Philippe, un buen Cohíbas, un trasero brasileiro en forma de manzana reineta, y un vermut con oliva rellena y un chorro de ginebra, el cielo. Felipe, el más consecuente: al fin y al cabo, el socialismo es riqueza, bienestar, pasta para todo el mundo.”

 

Esto es lo que se llama un botón de muestra, un pequeño fragmento de la que, probablemente, es la última gran novela escrita en castellano, la que se ha ganado la eternidad de las obras maestras: En la orilla, del valenciano Rafael Chirbes (1949-2015), el mejor -y casi único- cronista literario de esto que se ha dado en llamar crisis, lo que ha seguido a los años de bonanza, de despilfarro, de burbuja inmobiliaria, de ladrillazo. Primero en Crematorio y después con En la orilla, Chirbes ha extraído la médula corrupta de un país corrupto y la ha contado como jamás la contará un periódico o un telediario. Y todo eso, como defiende Adolfo Fernández, había que llevarlo al teatro: “necesitaba otra plataforma desde donde ser dicho”. Tremenda empresa.

 

¿Y cómo se hace eso?

Adolfo Fernández, junto a Ángel Solo, han tardado tres años en tener lista la versión teatral de la novela. “Tuvimos que leerla exhaustivamente multitud de veces -explica el actor y director del montaje-, para dotarla de una troncalidad, porque Chirbes es un escritor barroco, tiene algo del realismo de Delibes, del tremendismo de Cela y del costumbrismo de Galdós. Él hacía ostentación de eso mismo, decía: me voy por las ramas porque me da la gana, para abarcar más.” Eligieron un grupo de personajes con los tres amigos en el centro, tres hombres que son una representación amplia de la sociedad. La obra gira en torno a uno de ellos, Esteban (César Sarachu), el carpintero que heredó la serrería de su padre (todavía vivo, pero vegetal, cuidado por Liliana, otro personaje importante que intepreta Yoima Valdés), la que ha tenido que cerrar con el consecuente despido de los trabajadores. Junto a Francisco (Rafael Calatayud) y a Justino (Marcial Álvarez) viven una jornada de fiesta que empieza por la mañana cazando patos desde la orilla del marjal que todo lo traga, sigue con los vermuts, con la paella y acaba en bacanal de drogas, alcohol y putas. Ahí es cuando estalla todo. “Es pura catarsis -apunta Fernández-, es ahí donde entendemos que en el recorrido cínico de ese día se representa el recorrido cínico de sus vidas. Todos saben todo de todos, pero ese día revientan y afloran las verdades”.

 

De fango hasta el cuello

Lo cierto es que es muy raro que una novela recoja con tal exactitud y compromiso ético todo ese fango que ha hecho de España el país que es hoy. Algo que no es solo de ahora. El personaje del padre de Esteban, conjugado con los antepasados de Francisco, viene a explicitar el dicho: de aquellos barros, estos lodos. La dictadura franquista no solo asesinó e hizo desaparecer a gente. También fue un festival de robos con los que se hicieron las grandes fortunas de los grandes de España, “los que hoy se preocupan por los campos de golf en la Europa de los refugiados”, dice Adolfo, los que van a misa los domingos tras una noche de putas. “Hemos puesto dos frases en boca de Justino ineludibles. Una la dijo Granados: cobras el 3% y joder, volquete de putas para celebrarlo. Otra la dijo Díaz Ferrán, poco antes de que lo metieran en la cárcel, cuando estaba desviando el dinero: yo sé cómo se arregla este país -dijo-, hay que trabajar más y cobrar menos”. Adolfo Fernández y todo el equipo de K Producciones se han contagiado, al menos, de un poco de esa libertad y de esa valentía que siempre reconocimos en Chirbes. Menos mal.

 



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