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Noticia / Opinión: Max y Mejores

Artículo de opinión del director de escena y dramaturgo Pablo Iglesias Simón sobre los Premios Max

 

Por Pablo Iglesias Simón
Director de escena, dramaturgo, docente e investigador teatral y miembro del Área de Cultura y Comunicación de Podemos
 

 

Los Premios Max de las Artes Escénicas, desde su creación en 1998, reconocen el trabajo del conjunto de profesionales del sector. Estos galardones han hecho mucho por la visibilidad y la dignificación del arte escénico, consiguiendo ser retransmitidos por Televisión Española, donde lamentablemente, como en el resto de medios de comunicación públicos y privados, la presencia de lo que se crea sobre las tablas es residual. Es un gusto ver cómo, con la intención de reflejar adecuadamente la poliédrica realidad del ámbito escénico, han sabido reinventarse y transformarse temporada tras temporada, modificando sus categorías, los requisitos y procedimientos para ser nominado y hasta el conjunto de votantes.

 

El ámbito escénico, frente a la competitividad deportiva, lleva el espíritu colaborativo en su ADN. No hay equipos enfrentados, ni hinchadas siempre a la gresca. Todos, tanto quienes exponemos nuestro arte sobre el escenario, como quienes creamos el espectáculo entre bastidores o desde la cabina técnica o quienes participamos activamente desde el patio de butacas como público, ganamos o perdemos juntos. Vencemos cuando nos congregamos en torno a una función maravillosa, y sufrimos, también en comunidad, cuando sale un bodrio. Desde este espíritu de cooperación es desde donde creo que cabe concebir unos premios como los Max, para recordarnos el excepcional empeño de todas las personas que disfrutamos y participamos del fértil y amplio territorio escénico.

 


En la actualidad, espoleadas por las excelentes profesionales femeninas con quienes contamos, continúan brotando iniciativas y colectivos que reclaman una igualitaria representatividad en el sector, sumándose a los que ya existían, como las Marías Guerreras, DONESenART o Projecte Vaca. Recientemente se presentaba la Carta de la Temporada Igualdad Mujer/Hombre en las Artes Escénicas, de momento solo suscrita por el Centro Dramático Nacional, el Centro Cultural Conde Duque y el Festival de Teatro Clásico de Almagro. Esta declaración de intenciones, promovida por la Asociación Clásicas y Modernas, insta a que se alcance a corto plazo una adecuada presencia sobre las tablas, no inferior al cuarenta por ciento, de montajes protagonizados o avalados por creadoras. A estas legítimas pretensiones se suma la aparición de nuevas agrupaciones como la división española de la League of Professional Theatre Women, que aspira a convertirse en una Academia de las Artes Escénicas en femenino, o www.de50pararriba.com, web que persigue visibilizar a las actrices que ya han alcanzado la cincuentena y quienes encuentran dificultades para conseguir papeles de relevancia. Debemos luchar por una sociedad donde las mujeres abandonen de una vez por todas el ser señora (cuando no sirvienta) 'de' y a eso no ayudan ni inercias ni relatos trasnochados donde sean norma los papeles accesorios de hija de, hermana de, novia de, mujer de, madre de o abuela de. Precisamente con el propósito de generar textos dramáticos con personajes protagonistas femeninos surge la iniciativa 365 Women A Year, donde participan dramaturgas, directoras y actrices españolas.

 


Los Premios Max pueden hacer mucho por visibilizar y reconocer la valía de las mujeres en el presente de las artes escénicas y, más aún, en un futuro, que de ser lo será solo si lo nombramos y adjetivamos en femenino. En la actual edición, si descartamos las categorías colectivas o donde hay diferenciación por género, hay veinticuatro nominados frente a apenas seis nominadas individuales, es decir, un ochenta por ciento de hombres frente a un escaso veinte por ciento de mujeres. Mete el dedo en la llaga que haya categorías donde directamente las mujeres estén desterradas como autoría teatral, adaptación, composición musical o dirección de escena. Creo que todas las personas que amamos este arte estamos de acuerdo en que nominaciones de este tipo no reflejan en absoluto ni cómo es, ni mucho menos cómo queremos que sea, el ámbito escénico.

 


Me permitiré sugerir un sencillo procedimiento para intentar enmendar este desaguisado y conseguir los Premios Max paritarios que nos merecemos. La solución de hecho está dentro de ellos mismos. Por más que las busco no encuentro categorías dedicadas a la interpretación teatral ni tampoco a la ejecución dancística en términos generales. En cambio sí que existen, aplicando una justa distribución paritaria por género, galardones separados para la mejor actriz y actor protagonista, actriz y actor de reparto, o bailarina y bailarín principal. ¿Por qué no aplicar este criterio paritario a todas las categorías? Creo que ganaríamos si en todas las disciplinas que componen el fértil campo escénico, se extendiera esta fórmula dual. De este modo, tendríamos distinciones separadas para autoras y autores, adaptadoras y adaptadores, compositoras y compositores, coreógrafas y coreógrafos, directoras y directores, escenógrafas y escenógrafos, figurinistas femeninos y masculinos o iluminadoras e iluminadores. Todas y todos saldríamos victoriosos con un mayor y más justo reconocimiento.

 


Hay que agradecer a los Max que tengan una mirada amplia sobre el tejido teatral. Incluyen una categoría de revelación, lamentablemente solo de dramaturgia, que se dirige a los más jóvenes, y otra de Honor, dedicada normalmente a los veteranos, que sirven para fomentar el encuentro intergeneracional. Además existe un Premio Max al aficionado a las artes escénicas, que destaca la importancia del estrato amateur o de los públicos que tanto hacen por nuestro arte. Para completar este ímpetu panóptico, se concede también una distinción a la contribución a las artes escénicas, inabarcable cajón de sastre para poner en el foco la indispensable labor de escuelas, editoriales, asociaciones, instituciones y personalidades afortunadamente heterogéneas. Conjugándonos en plural volvemos a ganar todas y todos. Haciéndolo en segunda y tercera persona, podemos además disfrutar con la mirada alta de las bondades de nuestro inabarcable terreno, donde nadie sobra y siempre habrá alguien que echemos en falta. Es acogiendo a esas omisiones, resistiéndonos a obviar a nadie, donde el arte escénico se hace grande.

 


Hay algunas profesiones que desde hace años, cuando no siglos, tienen una función vital en nuestras artes y que aún inexplicablemente no han encontrado su hueco en los Premios Max. Me refiero a tres fundamentalmente (a las que debería ser también aplicada el procedimiento paritario antes expuesto): espacio sonoro, videoescena y labor técnica. Esta última, que es la más antigua de las tres, sería una primera tentativa para incluir la inestimable contribución de técnicos, maquinistas, sastres, carpinteros, herreros y un extenso conjunto de profesionales que permiten que la representación sea posible. También hay artes escénicas completas que sorprendentemente han sido relegadas. Me refiero a expresiones tan fecundas como el circo, que sigue reinventándose y actualmente está viviendo un espectacular renacer, el ilusionismo, de alguna de cuyas disciplinas, como la cartomagia, somos una de las potencias mundiales, o el teatro de títeres y objetos. Unos galardones como los Max, que aspiran a ser espejo de la riqueza que nutre los escenarios, deberían estudiar seriamente incluir este tipo de categorías.

 


Los Premios Max no son solo una ocasión para el encuentro fraternal entre generaciones, profesiones y expresiones artísticas, sino también entre los territorios que componen nuestro país y que recorren nuestras compañías a golpe de bolo. El arte escénico adquiere su sentido con sus giras, con el intercambio de experiencias que nos permite entrar en contacto con otras sensibilidades más allá del rincón del mundo donde nos ha tocado vivir. A lo largo de sus ediciones, con la modificación y ajuste de categorías y jurados, en la elección del lugar mismo, en principio itinerante, en donde se entregan, los Premios Max se han empeñado en hacerse eco de nuestra pluralidad geográfica. No obstante, en las últimas ediciones, se ha sentido una cierta tendencia al centralismo, tanto en la relación de nominados como en su lugar de acogida, que desde 2012 ha sido Madrid, con la excepción de la edición de 2014, celebrada en la sala BARTS de Barcelona. Esta es una tendencia sobre la que no conviene dejarse llevar, habida cuenta de los maravillosos creadores y compañías que cultivan el arte escénico en el centro y en la periferia, en lo urbano y lo rural, en mesetas, islas o montes, en la proximidad olvidada y en la lejanía que siempre conviene recordar.
Otra inercia ante la que tampoco deben rendirse es a que solo acaben siendo nominados espectáculos producidos, coproducidos o representados en condiciones favorables en los teatros públicos de las grandes urbes. Teniendo en cuenta las fuerzas centrípetas que se tienden a ejercer en ellos, donde parece existir no puertas giratorias, sino una suerte de carrusel que da vueltas sobre sí mismo sin parar, manteniendo, temporada tras temporada, como pegados al caballito de madera, a unos cuantos, que a veces dejan subirse, solo para una vuelta y en los asientos más pequeños, a otros pocos. No es lugar para detenernos a expresar la necesidad de una reformulación de la gestión de los teatros públicos, donde frente a las fuerzas de lo centrípeto, debiera primar lo centrífugo. Ver más hacia fuera y mirarse menos a sí mismos y a su entorno conocido. Con una apertura, que haga que sus dinámicas estén marcadas por vectores que se construyan de abajo hacia arriba y de fuera hacia dentro. Los Premios Max ahí tienen poco que hacer. Pero sí pueden empeñarse en recoger nuestra realidad escénica multinivel y las expresiones, sin condenarlas a categorías secundarias, de todos los estratos de creación, públicos o privados, oficiales o alternativos, de alto o de bajo (cuando no nulo) presupuesto.

 


No pretendo que los Premios Max resuelvan los problemas de las artes escénicas. Ni pueden, ni deben. Pero sí son una ocasión magnífica para tomar la temperatura del tejido escénico. Para mirarnos e intentar reconocernos. Para rencontrarnos con alegría. Reflexionar sobre lo que somos e imaginar en común lo que queremos llegar a ser. Para que no gane solo el mejor, sino que ganemos todas y todos.

 

@piglesiassimon



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Comentarios Hay 3 comentarios para esta noticia

  • El camino del infierno esta empedrado de buenas intenciones. No creo que las mujeres cuando se quejan de la falga de nominadas en esta edición de los Premios Max estén pidiendo premios para ellas ,y a nadie le amarga un dulce. Supongo que lo único que piden es justica, igualdad y reconocimiento, una barbaridad en pleno siglo XXI. Dividir los premios por géneros es como si ante la negativa de Rosa Parks de abandonar los asientos reservados sólo para blancos, la respuesta hubiera sido poner autobuses sólo para negros. Ahora podrían sentarse dónde quisieran, pero no se hubiese cambiado nada. No son los premios, no son los aplausos de los hombres lo que necesitan las mujeres. Quizás no era la intención, pero la idea de crear premios para mujeres en todas las categorías suena a condescendencia pura y dura. Y no necesitan de nuestra condescendencia, de hecho es lo último que necesitan. No encuentro una posible explicación a esta separación, ¿qué diferencia puede haber a la hora de dirigir o escribir por cuestión de género? No son los 5000 metros obstáculos, aunque a veces lo parezca y más con estas iniciativas. No sob los premios. No se trata de repartir estatuillas y todos tan contentos. Se trata de averiguar, de encontrar, señalar y eliminar las causas que provocan esta discriminación. No ya en las nominaciones de los Max, que no dejan de ser el último escalón, sino en el conjunto de las artes escénicas, dónde la presencia de la mujer es notable en todos los campos y sin embargo se encuentran casi siempre con ese techo de cristal, dónde son taponadas. ¿No hay dramaturgas, directoras y escenógrafas que puedan aliviar la carga de trabajo a sus compañeros masculinos que andan desbordados intentando cumplir todos los contratos? No ocultemos la realidad con gestos de cara al público y empecemos el proceso de autocrítica y a mover viejas estructuras e inercias. Dejemos de ser tan estupendos. Las mujeres no necesitan que las premiemos, les bastaría con que dejemos de impedir que los ganen con su buen trabajo.

    Comentario de Benjamín - Realizado el 25-04-2016 a las 13.30 hs.

  • Gracias, tu artículo me ha hecho reflexionar sobre temas que normalmente nadie presta atención. Un saludo.

    Comentario de Sonia - Realizado el 27-04-2016 a las 12.54 hs.

  • Estos premios me parecen una mentira, como la mayoría. La forma de votación no me parece justa, los socios votan sí, pero son los espectáculos más grandes y más vistos en el territorio español los más votados, los famosillos, no necesariamente son los mejores espectáculos. Y curiosamente siempre son, al menos en danza, nominados los mismos. No quiero este premio, y no presento nunca mis espectáculos a este circo.

    Comentario de Sandra Bonilla - Realizado el 29-04-2016 a las 09.16 hs.