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Entrevista

Entrevista con un Fernando Cayo Inconsolable

"La muerte, como el nacimiento de un hijo, amplifica la empatía por los seres humanos"

Por Álvaro Vicente

 

Metódico y comprometido con su profesión como pocos, Fernando Cayo se ha pasado tres intensos meses preparándose física, psíquica y emocionalmente para afrontar este monólogo en el que interpreta a un hombre de 50 años que expone, con intimidad, lucidez y sentido del humor, lo que ha supuesto la muerte de su padre. Se trata de Inconsolable, el sexto monólogo de su carrera, de nuevo a las órdenes de Ernesto Caballero tras su encuentro en Rinoceronte, con un texto que Javier Gomá escribió para reflexionar sobre la muerte del padre. 

 

¿Cómo llega este proyecto a tus manos?

En Rinoceronte, Ernesto Caballero y yo nos entendimos muy bien. Disfruté mucho de ese espectáculo y ha sido uno de esos momentos climáticos de mi carrera, con esa escena de 20 minutos en la que me transformaba en un rinoceronte. A partir de ahí, cuando le surgió este proyecto y sabiendo que yo ya tenía experiencia en el mundo de los monólogos, porque este es el sexto de mi carrera, me llamó Ernesto y justo yo estaba terminando la gira de Páncreas, que acabamos de terminarla con 225 bolos. Tenía estas fechas disponibles para empezar este proyecto, con un texto de Javier Gomá que es uno de los grandes pensadores contemporáneos que tenemos en España, así que no me lo pensé mucho y allá que nos lanzamos.

 

¿Qué vio Ernesto tan teatral en este texto, efectivamente, filosófico, de ideas?

Está sobre todo en la temática, el hecho de hablar sobre la experiencia de la muerte del padre, que es un hecho absolutamente universal. Y lo que tiene el texto de Gomá es que se mueve entre lo universal y lo particular, no es demasiado concreto en los detalles, con lo cual el espectador va a plasmar sus propias experiencias, incluso los conflictos familiares están tratados con un cierto grado de generalidad que permite que cada uno ponga ahí su experiencia, porque ¿quién no ha tenido un conflicto con su padre? Todos lo hemos tenido en algún momento. Habla de eso y lo hace con sentido del humor, con luz, con cierta mundanidad como dice Javier Gomá, y al mismo tiempo entra en cosas metafísicas: el hombre abandonado en medio del cosmos, ese tránsito entre lo personal, lo luminoso, lo macabro incluso y lo extremadamente desesperanzado que puede ser el texto en algunos momentos. Ese recorrido humano había que contarlo encima de un escenario.

 

¿Ha habido tratamiento del texto posterior por parte de Javier Gomá o de Ernesto Caballero?

Ha habido un encaje del texto, pero no se ha tocado demasiado. Casi es una conferencia, pero según va avanzando el espectáculo aquello se va transformando en otra cosa absolutamente inusitada, y además con una plasticidad y un impacto plástico y sonoro impresionante. Tenemos un equipazo increíble: Luismi Cobo con el espacio sonoro, Ion Anibal haciendo unas luces que rayan por momentos el cubismo, por momentos el expresionismo… es bestial el espacio escénico de Paco Azorín. Es un escenario que según se va alterando la perspectiva cotidiana de la realidad que tiene el personaje, se va inclinando, y hay momentos realmente espectaculares. Gomá decía: me interesa crear un escenario abstracto para llevaros sin distracciones a una de las etapas principales del duelo, la de la muerte como lugar de la verdad. Y realmente Paco Azorín ha hecho un escenario abstracto en el que encontramos a un hombre frente al cosmos haciéndose algunas de las preguntas que nos hacemos todos y que se han hecho todos los grandes literatos a lo largo de la historia: ¿qué hacemos aquí? ¿Para qué sirve nuestra vida? ¿Qué sentido tiene? ¿Seremos recordados? ¿Importa que seamos recordados? ¿Qué dejamos a la gente que nos sobrevive?

 

Dice el dossier de prensa que te has preparado para esta obra como si de una prueba olímpica se tratara…

Algo de eso también llamó la atención de Ernesto Caballero, porque yo siempre he seguido un proceso de entrenamiento a lo largo de toda mi vida, trabajé técnica Leqoc, Grotowski, y a lo largo de toda mi carrera me he encontrado con muchos trabajos que tienen que ver con lo gestual. He enseñado entrenamiento físico y vocal para actores y realmente eso impregna mucho mis trabajos, ese punto grotowskiano de llevar más allá lo físico y lo vocal, de llevar la expresividad humana hasta lugares que no son el tránsito cotidiano. Y desde luego este espectáculo también lo tiene, este espectáculo tiene algo de desafío contra la naturaleza y contra la psique humana. Me ha llevado tres meses de trabajo intensivo para que el texto, que tiene cierta profundidad, riqueza y densidad por momentos, se pueda hacer ligero, suave, que fluya como un arroyo de montaña, claro y diáfano para los oídos del espectador. Luego lo que supone también transitar en ese monólogo por un montón de recorridos físicos, vocales, psíquicos y emocionales. Evidentemente, esto requiere una concentración extrema, una preparación y cierta seguridad. Pero bueno, detrás de esto también hay un sentirse afortunado y hay un gran placer en ocupar ese templo de la cultura nacional que es el Teatro María Guerrero con un espectáculo de este tipo.

 

Es verdad que tú ya tienes mucha experiencia en el monólogo, pero siempre es un poco como asomarse a un abismo hacer una obra de estas características, ¿no?

Sí, desde luego. Hacer un monólogo siempre es asomarse al abismo, pero yo creo que tiene que ver un poco con la esencia de por qué me dedico yo a esto, tiene que ver con ser transmisor de grandes ideas y de grandes sentimientos. Y en el fondo, es poético pero es así, es un poco lo que indicaba Schubert. Decía: conseguir llevar luz a la oscuridad del corazón de los hombres. Ese es el deber del artista. Siempre me he hecho esa pregunta, ¿para qué estoy aquí? ¿Para conseguir cosas materiales? No, realmente para aportar luz a los espectadores que vayan a ver esta función, más allá de lo que suponga para mí mismo estar ahí. Eso al final importa poco. Lo que importa es conseguir sumergirse de una manera máxima en un recorrido emocional y humano, ser una especie de imagen completa y armoniosa de lo humano, como dice Gomá en el monólogo. Cuando adquieres ese sentido de misión en tu trabajo, en tu vida… que es también un poco de lo que se habla en el monólogo, tratar de recuperar la luz y la ilusión para vivir con gozo tras pasar por un experiencia traumática. Esto es lo mismo, ¿cuál es el sentido de nuestra vida? Aportar un poco de luz al mundo. Como decía un coach con el que estuve trabajando en Los Ángeles, Bernard Hiller, que insistía mucho en esto: aportar luz al mundo, aportar algo de valor al mundo, al espacio en el que estás, a las personas con las que compartes tu vida, sea en el nivel que sea, emocional, profesional… aportar luz al mundo en todos los aspectos. Cuando adquieres ese sentido de misión, se trasciende todo aquello y, bueno, pues realmente no hay tanta responsabilidad personal, hay más un deseo de ser transmisor de ideas y emociones.

 

A ti te vemos en proyectos muy distintos, de naturalezas muy distintas, y siempre se ha dicho que eres como muy todoterreno, pero como dices eres tú, el actor, el que termina aportando el valor al proyecto, sea el que sea…

Hay que recorrer todos los caminos. A mí, como profesional, me interesa alternar, siempre he alternado cine, teatro y tv, he intentado manejarme por distintos estilos, he intentado evitar etiquetas, porque son limitadoras y sobre todo irreales, no creo que sean válidas. Siempre partiendo del estudio del ser humano como actor, todos tenemos un montón de internos personajes, como me gusta llamarlos a mí, son variados y van cambiando a lo largo de nuestra vida, con lo cual, limitarnos a una etiqueta es absolutamente anulador. Paso de un clown contemporáneo como puede ser lo que hago en Páncreas, al Príncipe de Maquiavelo que retomaré ahora para iniciar gira en otoño, y luego continuar gira con Inconsolable. El príncipe está en el terreno de un naturalismo extraño, porque es naturalismo pero con las palabras del siglo XVI escritas por Maquiavelo y adaptadas por Juan Carlos Rubio. O pasar de hacer La vida es sueño a hacer, en su momento, una película como El orfanato, un thriller. Desde el principio yo vi que eso requería una especialización técnica y humana que me ha interesado, porque soy una persona muy curiosa. Cuando empecé a hacer más cine me interesé más en el mundo del cine, empecé a trabajar con Paco Pino, con Mariano Barroso en talleres cinematográficos para profundizar en esa técnica específica que requiere el audiovisual, y desde luego durante toda mi carrera he estado y sigo en formación, sigo estudiando canto, sigo trabajando mis textos con Vicente Fuentes, un gran maestro de la voz y la palabra, sigo haciendo entrenamiento físico para actores, he estado haciendo danza contemporánea hace poco… todo supone un proceso de enriquecimiento constante, y eso me ayuda a poder transitar cada cosa. Y al final, todo esto lo que me da es libertad. Tener un abanico amplio técnico y vocal, me da muchas posibilidades, me hace libre para poder elegir lo que me apetece hacer en cada momento y no sentirme limitado.

 

 

Volviendo a Inconsolable, has dicho que sentías que la función podría estar hablando de ti. No sé si has pasado este tránsito de la muerte del padre tú. ¿Es necesario haberlo pasado para hacer la obra?

Son experiencias que desde luego te van enriqueciendo, cualquier experiencia humana sirve a la hora de adentrarse en la interpretación de un personaje. En mi caso, lamentablemente perdí ya hace tiempo a mi padre y a mi madre, y también sufrí la pérdida de mi hermano hace bastantes años, y todas estas pérdidas, como sabe cualquier persona que ha pasado por la pérdida de alguien querido, o muy cercano, son dolorosas, abren una veta y un desgarro, pero al mismo tiempo, al final aportan una luz especial y ayudan a ver la vida de una manera especial, más luminosa, normalmente. Igual que la experiencia de la paternidad. Cuando tú tienes un hijo, realmente se abre algo en ti, comprendes mejor a los seres humanos, hay un elemento que es la compasión, pero no entendida de una manera religiosa, sino por la empatía por el resto de la humanidad, que se amplía, se amplifica por estas experiencias profundamente humanas. Desde luego a mí me han ayudado, me han aportado muchas cosas.

 

Hay una idea que me encantó del texto, que es este carácter mitológico del padre, el padre es el último mito. O esta otra de que con la muerte del padre se empiezan a borrar las primeras páginas de la vida de uno, que nunca en realidad las pudimos leer, porque son los padres los que han estado ahí desde el principio de tu vida… El texto está cuajado de grandes momentos que disparan el pensamiento y la reflexión…

No tiene desperdicio el texto, por eso no ha habido que tocarlo mucho, ha habido un encaje del texto en el espectáculo, pero realmente no ha habido que tocar casi nada, porque cada momento tiene no solo un impacto emocional, sino una carga de ideas absolutamente fundamental, y además, con mucha profundidad pero totalmente pegada a lo cotidiano. Una de las grandezas que tiene Javier Gomá es que su filosofía es muy cercana a lo mundano, no es una filosofía sobre lo abstracto. Si puede llegar a cierto grado de abstracción es sobre cosas que tienen que ver con nuestra experiencia cotidiana. Y claro, cuando esto se amplifica con una maquinaria teatral como la que tenemos aquí, pues el resultado es un espectáculo de un impacto plástico y sonoro a través de las palabras y de las atmósferas que se generan…

 

Ya solo el lenguaje tiene una musicalidad tremenda. Es fluido, es fácil, entre comillas, pero cada frase está cargadísima, no hay expresión que sobre, que sea inútil. Imagino que para ti debe ser un placer ir sacándolo.

Desde luego, ha sido muy enriquecedor, y durante ese proceso de tres meses de trabajo, llega un momento que lo tienes muy integrado, hay una manera de escribir, de desgranar las ideas, que la he ido apresando. Es muy placentero.

 

Y la elegancia. Él lo dice, prefiere algo elegante sin entrar en lo grotesco, sin conjurar demonios interiores gratuitamente.

Hay algo irónico también ahí, porque al final la reflexión que se hace en la función es que quizás ha caído un poco también en esas expansiones sentimentales, realmente siempre que entras en profundidad en un recorrido humano, hay algo de eso, pero yo creo que la virtud y la maravilla es que está hecho de una manera muy sabia, con esa combinación entre lo particular y lo universal, con la que ha dejado el autor espacio para que los espectadores proyecten sus propias vivencias, que no le des todo comido y servido al público, para que su imaginación esté trabajando y proyectando sus propias imágenes y figuras. Eso es muy difícil, porque normalmente hay una tendencia en los escritores a contarlo todo. Nosotros, en nuestra vida, no contamos todo, siempre hay una gran reserva de misterio, en todo. La vida nunca se explica, siempre deja un porcentaje de misterio que Gomá ha explotado muy bien. Y ese misterio es lo que te atrapa en esta función.

 

La búsqueda del padre, como búsqueda de uno mismo, el síndrome de Telémaco, si es que existe. Supongo que es algo que toca en un momento de la vida. Ahora mismo han coincidido varias manifestaciones en este sentido, como la obra Sueño, de Andrés Lima, o la película No sé decir adiós, de Lino Escalera, una de las triunfadoras del último Festival de Málaga…

De hecho es el segundo tema más tratado en la historia de la literatura después del amor romántico. Es que es algo que está ahí, desde Homero y Sófocles, está presente siempre. La figura paterna, el padre, es el último animal mitológico, como dice Javier Gomá, es una presencia que está ahí siempre, y en nuestro inconsciente queda grabada esa imagen infantil en la que el padre era un héroe mitológico capaz de todo, dotado de poderes sobrenaturales. Realmente es el que nos ayuda a comprender la vida. Los padres son eso que nos permite ver el mundo, a través de ellos, y eso es algo importante, es una fuente de riqueza y de energía y de luminosidad, pero también lo contrario, y eso también está en el monólogo, el padre también puede ser una fuente inagotable de conflicto, un punto de sombra en tu vida, como lo es en el espectáculo de Andrés Lima por momentos. Esa reflexión es importante hacerla siempre.

 

Como imagen totémica, ¿englobaría también a la madre o la madre tiene su propia mitología?

En el monólogo están presentes ambos, el padre y la madre. Pero se viven distinto las muertes del padre y de la madre, son dos experiencias distintas, porque representan puntos distintos de cada uno de nosotros. Creo que la figura del padre tiene más que ver con esa presencia de héroe mitológico, y la presencia de la madre tiene que ver más con una presencia benefactora que da cobijo, tiene que ver un poco con lo que representa en cada uno, en la naturaleza. Y son diferentes. En este caso la madre está como acompañante y como guía en ese proceso en el que se vive el duelo en Inconsolable, está como guía en distintos momentos. Pero más allá de la obra, yo lo viví de manera muy distinta, al final cuando pierdes a los dos te das cuenta de que forman un solo núcleo, pero se viven de manera distinta.

 

Finalmente, ¿qué se va a llevar el espectador de esta función?

Bueno, creo que es necesario hacer espectáculos que hablen de recorridos humanos básicos. Esta obra nos permite reflexionar sobre la muerte del padre, sobre la pérdida, pero hacerlo de una manera completa y luminosa. Yo creo que el espectador va a salir con una sonrisa dulce de este espectáculo y eso es importante, esa puerta abierta que decía Peter Brook, es importante abrir una puerta y aportar luz a través de lo que hacemos.
 



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