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Teatro y Danza / Dance & Theatre

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Entrevista

En mayo, Nathalie Poza en todo su esplendor

Al estreno en cines de 'No sé decir adiós', se une este mes su nueva apuesta teatral: 'Sueño', de Andrés Lima

Por Álvaro Vicente

 

Cara a cara en el ambigú del Teatro de La Abadía con Nathalie. Su sonrisa amable. Su colgante en forma de rayo. Su anillo de calavera. Su mirada chispeante. Viene de ganar la Biznaga de Plata en el último Festival de Málaga por su papel en No sé decir adiós, ópera prima de Lino Escalera que llega a los cines el 19 de mayo. Y se mete a “hacer de Andrés Lima” en Sueño (fruto del trabajo de Teatro de la Ciudad en torno a la comedia, con dirección de Andrés Lima, que se estrena en La Abadía el 10 de mayo). Sueño es una comedia muy trágica -o viceversa- de ascendencia shakesperiana, con aromas, claro, de Sueño de una noche de verano. Nathalie Poza redobla la apuesta. Lo puede hacer, es una enorme actriz y está en su mejor momento. 

 

Doble estreno en mayo, en cine y en teatro. Por cierto, enhorabuena por la Biznaga de Plata.

Gracias. Y antes de todo eso hemos estrenado un corto en la Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid, en el Círculo de Bellas Artes, dirigido también por Lino Escalera, que se rodó durante la peli, fue totalmente premonitorio. Estaba escrito antes, se llama Australia, y es como un trozo de vida del mismo personaje que hago en la peli, y había que rodarlo en una fecha concreta y terminó coincidiendo con la peli, fue como una especie de entrenamiento brutal. Y ha quedado muy bien.

 

Bueno, de tu trabajo en No sé decir adiós se está diciendo que es, hasta la fecha, el mejor papel de tu carrera…

Tampoco he hecho tanto cine y he hecho dos protagonistas en total, y no lo digo porque sea más importante hacer un protagonista, pero al final llevas un poco el peso de la historia y, en este caso, hay un muy buen guión detrás, es un personaje con muchos matices, en una historia de mucha hondura, y a lo mejor por eso hace más ruido. Y curiosamente tiene muchos paralelismos con Sueño, aterroriza casi el paralelismo. De hecho, hay una frase en la función, que además digo a público: “aprender a decir me voy”, y en los primeros ensayos me equivocaba todo el rato y decía “aprender a decir adiós”.

 

¿Casualidad o causalidad?

Evidentemente, algo pasa en esta generación nuestra, en la mía, en la de Andrés (Lima), la de Sanzol, la de Lino Escalera, hay algo sobre la despedida, sobre aprender a morir, aprender a despedirse no solo de los seres que se van, sino de las etapas que dejamos atrás. Decía una autora mexicana que tocar fondo también es tocar el terreno de cultivo. No solo es triste y dramático, también es esperanzador. Para renacer hay que estar siempre despidiéndose de algo. 

 

 

Toda esta coincidencia, esta conexión mágica entre ambos proyectos, ¿también tiene que ver contigo, con tu propia experiencia? ¿Te han puesto frente a ti misma estas dos historias más que otros trabajos?

Sí, sí, totalmente. Hay una extraña coincidencia con mi vida. Incluso en No sé decir adiós, en un principio, yo iba a hacer otro personaje, pero pasaron cosas y me llegó el prota, y mi primera reacción fue un poco de rechazo, porque me dio cierto vértigo la oscuridad de la historia; luego me he dado cuenta de que es más luminosa de lo que uno cree. Y ahí está el riesgo, en atreverse a contar desde la implicación personal. Andrés Lima lo dice mucho, que se está perdiendo en el mundo del teatro o del arte en general la implicación personal; queremos complacer, queremos hacer reír de manera fácil, queremos que venga la gente al teatro y al cine, así que cuidado con asustar o con contar las cosas con demasiada verdad. Pero entonces, ¿para qué estamos aquí?

 

Y que luego, al final, las historias que más enganchan, las imperecederas, son precisamente esas, las que tocan lo más profundo…

Claro. Ese miedo hay que atravesarlo, si no, no puedes dedicarte a esto. Las historias que en principio más te pueden arrebatar, son las que más te dan luego, porque al final es una cuestión de entrega, no lo haces para ti, lo haces para compartir. Tú cuentas una historia confiando en que habrá alguien ahí fuera, ese desconocido que va al cine o al teatro, que al verte se sentirá menos solo, y sentirá que hay alguien ahí que le está contando algo que tiene que ver con él, porque son historias al final muy terrenales, muy cercanas, muy del día a día. La muerte es algo del día a día, y la familia, la incomunicación, el amor, la pareja, el desamor. Tanto lo que cuento en la peli como lo que contamos en Sueño, puedo decir que me salva la vida. A mí el teatro, el arte, el cine, la literatura me ha salvado la vida, así que por qué no intentar ser igualmente generosa con los que vienen a vernos. Y en Sueño, donde hago de alguna manera de alter ego de Andrés Lima (aunque él no se da mucha cuenta, él está haciendo su propia catarsis), si hay algún cómplice para mí en esta historia es el espectador, el público, y necesito, de manera desesperada, que me acompañe. Para crear esta historia, necesito contársela. Cuando eso se consigue, el miedo desaparece.

 

En el caso de No sé decir adiós, por ahora solo has tenido el feedback del público en Málaga.

Y de la prensa, porque cuando hacíamos luego entrevistas, tuve el placer de sentir lo que producía la peli, entré en la rueda de prensa y se me olvidó que eran periodistas, son seres humanos, como yo, como todos, que les pasan cosas, que han sufrido pérdidas, y recuerdo a una periodista que me hizo una entrevista y hablábamos de la muerte, de lo difícil que es comunicarse en vida con la familia a veces, y de pronto vi que le caía un lagrimón por la mejilla… es que es la historia de todos.

 

¿Esa es la gran satisfacción, más allá del premio, que puede obtener un actor, sentir que la historia que cuentas es la historia de muchos, o de todos?

Sí, absolutamente, sentirte en comunión, por eso se lleva tan mal estar en el paro en este oficio, porque no es tanto por estar encima del escenario, o delante de una cámara, es que necesitas compartir todo el rato.

 

¿La madurez definitiva llega con la muerte de los padres?

La madurez como mujer y como actriz, sí, yo creo que sí. Andrés tuvo un momento delicado un día en un ensayo, un momento muy amoroso, porque está especialmente volcánico, a todos los niveles, tanto para decirte algo bonito como para decirte que no has llegado a lo que quiere, y me dijo: aquí se ve la madurez actoral, al hablar de la desesperación en el amor. Para hablar de eso, para poder jugar con eso, uno tiene que haber vivido cosas, hasta desde el punto de vista cómico. Cuando te ofreces al otro y dices "yo soy tu pulgosillo, trátame a golpes y a patadas", te lo tienes que creer para darle ese vuelo que luego el espectador verá como humorístico. Hay una madurez vital, todos hemos pasado por relaciones amorosas duras, tóxicas, al límite, cada uno sabrá lo que quiere también en la cama, quiénes somos nosotros para juzgar lo que es una relación amorosa. Y esto también me pasó con No sé decir adiós, con 30 años, incluso con 40 no sé si hubiera podido contar la película como la he contado con 45 y habiendo pasado por la muerte de mi padre y por determinados momentos vitales que te dan esa experiencia que necesitas para contarlo con más matices. Habrá quien lo entienda y quien no, pero evidentemente hay personajes que se cuentan mejor con el paso del tiempo.

 

 

¿Y es el ámbito familiar donde más reprimimos? Porque de esto también habla la película…

Sí, en la peli se habla mucho de eso. El personaje de Lola Dueñas dice en un momento, refiriéndose a la enfermedad del padre: vete tú a saber si tiene que ver con lo que no decimos. Y mi personaje se asusta, dice: de qué hablas, él tiene cáncer porque le ha tocado como le podía haber tocado a cualquiera. Ella se defiende como una niña pequeña. Es una mujer dura, pero en el ámbito familiar es donde menos habla, curiosamente, tiene la negación propia de una adolescente, todo eso de que los médicos no tienen razón... es muy autodestructiva, esta especie de rebeldía que tenemos a ciertas edades, que si yo puedo con todo, lo importante es el rock and roll... mal entendido todo, esa adolescencia que a veces dura muchos años... pero en el fondo hay mucho dolor cuando hablas desde ahí, en el fondo da mucha ternura ver a alguien en esa huida hacia delante de lo único de lo que no se puede huir, que es la muerte. La peli luego tiene algo muy bonito, porque en esa huida hacia delante, cuando casi secuestra a su padre y se lo lleva de viaje, el personaje de Juan Diego sabe perfectamente que se va a morir, pero se va con su hija, se paran en un bar de carretera y se toman un gintonic con las pastillas para el dolor, que dices estos dos, a dónde van. Y lo que pasa es que se van juntos, como sea. Lo hacen mal, siguiendo esa intención de despedirnos como podamos, pero es muy tierno. Hay un subtexto durante toda la historia. Por eso también hay humor en la peli, estás viendo eso y te preguntas si está bien o está mal, si tienen edad para hacer estas cosas, para enfrentarse así a la muerte, pero ¿cómo te enfrentas a la muerte? ¿Alguien lo hace bien? ¿Cómo lo hice yo? Pues de una manera bastante torpe también, y viví momentos que ahora los recuerdo y cuando los hemos contado en los talleres previos a Sueño, pues nos reíamos de cosas que en su momento no fueron nada divertidas. Si mi padre levantara la cabeza, seguro que se estaría descojonando también.

 

Es que, claro, encima has trabajado con dos directores que estaban ahondando también en su propia experiencia de muerte del padre.

Sí, sí, es muy curioso, hay algo generacional como decíamos antes, y hay algo que tiene que ver también con lo que está pasando en este país, con cómo hemos lidiado con algunas cosas, a qué generaciones pertenecían nuestros padres y cómo se han comunicado con nosotros. No podemos decir que lo hubieran hecho mal, han hecho lo que han podido, según la educación que ellos recibieron. Mi padre venía directamente de la Guerra Civil, y nos lo dio todo para que nosotros nos dedicáramos a esto que llamamos cultura, arte, pero en su momento también recuerdo a un padre diciendo: "lo importante es el trabajo". A mí me preguntaba mi padre: ¿qué tal todo, cómo va el trabajo? Y yo: bien, bien, el trabajo muy bien... Y no entrabas en muchos detalles para no disgustar. Al final todos hemos hecho lo que hemos podido. Eso de ir al psicoanalista, para ellos era muy raro, que te decían: ¿tú has pasado hambre? Pues no. Pues entonces, ¿qué te pasa? No te puede pasar nada. Y tú te sentías culpable por no estar a la altura de sus expectativas, porque tampoco sabes por qué haces ciertas cosas. Está bien hablar de todas estas cosas para purgar un poco.

 

 

En Sueño se intuyen muchas dualidades: placer-dolor, eros-thánatos, belleza-fealdad, vida-muerte…

Tragedia-comedia también, que todavía estamos ahí, porque uno piensa en comedia y como que tienes que ser gracioso, hacer reír. Es verdad que en esta ocasión, lo tengo que reconocer… que no sé si lo habré dicho antes, porque a veces entro en crisis y Andrés me dice: te pasa en todos los montajes lo mismo. Que es lo que me dice mi madre, mi novio... Y yo digo: ¡No, esta vez es diferente! Pero hay algo que yo sí creo que no he vivido antes con Andrés, pensé que íbamos a hacer algo más ligero, y ligero, precisamente ligero, no es.

 

Pero… parece mentira que no conozcas a Andrés, llevas… ¿cuántos montajes con él: 10, 15?

Ya, ya, pues siempre caigo, caigo y por eso voy también, porque hay algo en esa especie de abismo que a mí me pone, y que creo que es necesario entrar, porque si fuera fácil... Me lo decía el otro día Beatriz San Juan (escenógrafa y vestuarista de Sueño): "si fuera fácil sería una mierda", y tiene razón. Yo a mitad de ensayos tuve esa crisis que dices: ¿esto cómo se hace? Porque quieres entrar en el disfrute del proceso, pero hay momentos de no saber qué terreno estás pisando. Pero sí, creo que en esta obra hay un código nuevo que tiene que ver con las dualidades: nos movemos en el realismo, porque estamos contando una historia realista, y de repente cambia, tenemos que entrar en la lógica de la cabeza de un hombre que se está muriendo; cuando entramos en su cabeza y cuando él bebe, por ejemplo, en esa residencia en la que está, donde se resiste a morir, pues vuelve a sus primeros amores. Ahí entra Shakespeare, se empieza a hablar en verso, parece que estamos en un after… yo qué sé, es una puta locura, pero es el viaje que él tiene en su cabeza y hay que entrar.

 

En lo personal, para ti, todo este trabajo que habéis hecho sobre la comedia, sobre el humor, ¿ha supuesto algún descubrimiento que te quedes para siempre?

Sí, hay un miedo terrible, yo tenía mucho miedo, porque te dicen comedia, como cuando te dice tragedia, que piensas: ¿estaré suficientemente trágica? ¿Estaré suficientemente cómica? No hay que entrar ahí realmente, hay que entrar en la herida de la historia, en la herida del personaje, y de ahí dispararse hacia fuera. Es complejo, pero es el mismo trabajo independientemente de que sea comedia o tragedia, es encontrar una clave pero siempre desde la verdad y desde la herida, no es algo que haya que hacer desde la forma.

El humor no es superficial, creo que incluso hay que bucear más. Incluso, lees El sueño de una noche de verano y desde un punto dices: joder, cómo sufren. Una vez le pregunté a Juan Cavestany, que tiene esa capacidad de mostrar lo cómico de lo trágico: ¿por qué nos reímos de una señora tumbada en el suelo que no se puede levantar? Es mayor, se ha caído, ¿es por cómo dice "ayúdenme"? Y decía Juan: precisamente por lo patético de lo extremo, del dolor más extremo, porque el ser humano es muy absurdo y muy patético, y cuanto más extrema sea la situación que estamos viviendo, más nos hace reír a veces. ¿Por qué es graciosa Elena, mi personaje? Yo a veces me ofendo, la gente se ríe y yo estoy desesperada diciendo que soy fea como un oso, coño, y que nadie me quiere por eso. Esa desesperación, llevada al extremo, puede resultar divertida.

Y luego hay que volver a algo muy infantil también, a jugar, a volver a tu clown, que no deja de ser esa niña pequeña. Por algo habré elegido también ese personaje, porque yo tengo también algo muy exagerado, muy numerero, y lo tengo que admitir, me ha costado mucho, soy muy dramática, sí, pero a veces hago reír. Antes me ofendía muchísimo cuando ante mi dolor alguien se reía, y creo que en esta obra voy a poder exorcizar esa parte. A lo mejor por eso soy actriz, por esa parte de mí que sale al escenario y pide foco para que le vean lo que sufre. De repente he encontrado una manera de contar eso riéndome de mí misma, y hay una cosa que tiene que ver con la comedia, donde el propio personaje-actriz, todo mezclado, se ríe de su propio dolor. En eso Shakespeare es un hijo de puta, porque con Shakespeare es verdad, no tienes que psicologizar mucho. La parte del padre es diferente, la parte más realista, pero la parte del verso, si te dejas llevar por la música, si entramos todos en el tempo de la obra, que una vez más con Andrés es muy musical todo y hay que estar todos a una y como eso se pierda se cae, es que te lleva a un lugar que dices hostia, te asustas de la posibilidad de vuelo que tiene eso. Y realmente, desde fuera debe ser muy patético de ver, esos enamorados, que lo lees y dices qué bonito, cómo se quieren, y no, no se quieren, se persiguen, se insultan, se dicen unas barbaridades tanto en lo positivo como en lo negativo, que si nos lo dijéramos en casa... es maltrato y te denuncia el vecino.

 

Esa violencia poética que permite el escenario…

Sí. El otro día dijo Andrés: esto tiene que ser una locura festiva que acaba en pico terrorífico. Me lo apunté, por si me preguntan.

 

 

¿Eso se parece a lo que hacíais en las famosas katarsis del tomatazo de la escuela de Cristina Rota, donde estudiaste?

Pues es que yo nunca me atreví, a parte que luego recogías los tomates y estaban duros, ¿eh? Eso tenía que doler. Pero sí que cuando empezamos con Animalario era un poco así. Cuando éramos más jóvenes teníamos menos vergüenza. Es una pena, pero es así. Amy Adams decía el otro día, cuando le preguntaba si tenía miedo antes de salir a escena o a rodar: "tengo un pánico paralizante". Hay más responsabilidad con los años, vas sabiendo un poco más… pero cuando empezábamos en esto, veo fotos de montajes y digo: cómo me atrevía yo a hacer esto.

 

¿Qué herencia preciada te dejó Animalario?

Pues esta obra tiene muchos momentos Animalario por esa mezcla de realidad y ficción, de lo real y lo onírico, ese mundo, todo eso que Alberto (San Juan), al principio, llamaba "la humillación cotidiana de existir", que estaba en el título de la primera obra que se llamaba así, Animalario: bonitas historias sobre la humillación cotidiana de existir. Hay momentos un poco fellinianos, hay una escena que se llama La descalza, que ha escrito Andrés, que es autobiográfica, que a veces digo: parece que he vuelto a Animalario, esos momentos terriblemente reales y dolorosos, y a la vez humorísticos, que me recuerdan mucho a lo primero que hacíamos, a la comedia de Animalario, que provocaba esa especie de sonrisa amarga, y que a mí me producía mucho placer actuar.

 

Con respecto a Andrés, en esta obra hay una simbiosis total, porque lo has dicho, estás haciendo como un trasunto de él. Volviendo a las dualidades, en este caso, la de actriz-director, en vuestro caso refleja una relación muy profunda, que tendrá sus más y sus menos…

Sí, en este caso ha habido momentos muy extraños, porque a veces hemos hablado de las escenas y me ha preguntado: qué te parece esto, y hemos discutido mucho, porque lo que a mí me parecía su relación paterno-filial era muy subjetivo, y él tenía su propio rechazo a admitir algunas cosas, a querer profundizar en algunas cosas. Por mi parte, hay respeto a lo que ha vivido, desde luego, pero también está mi propia subjetividad sobre lo que debería ser un padre, Y mi propio amor a la persona en sí que es Andrés, que le quiero y le amo profundamente, porque es mi amigo, y hay algo extraño ahí, porque yo no puedo juzgar, pero inevitablemente pasa. A veces, en un ensayo, me decía: eso que te está pasando, ese dolor que tienes, guárdalo para luego, contenlo. Y a mí me daban ganas de decirle: vete tú a mirártelo, que eso no es mío. Incluso ha habido algún momento, donde yo he podido sacar lo que él no pudo sacar en su momento, y me ha pedido tenlo ahí. Hace años, Eduard Fernández me contaba que hay directores celosos de sus actores, que no dejan que los actores vuelen con un personaje que han escrito ellos. En este caso, Andrés es un actor-director que no es celoso en ese sentido, al revés, te dice, como me dijo un día: "no te reprimas, no es propio de ti", que a mí me sentó fatal, porque me tocó el orgullo actoral, pero claro, a él le gusta provocar para ver qué sale.

 

Es como una relación que va más allá de una relación de amigos, habéis hecho tantas obras juntos que es apasionante ver que hoy en día en los ensayos os descubrís uno a otro, genera cosas, genera fricciones… es como un tipo de amor, ¿no? No es el de pareja, no es el de amigos, no es el de hermanos, con sus más y sus menos…

Genera de todo, amor y dolor, hay días que no quieres volver al ensayo y días que no te irías nunca. Hace no mucho que he asumido que mi oficio es ser manipulada por un señor o una señora -y espero que haya más señoras en el futuro-, me gusta mucho ponerme en manos de un manipulador emocional, que es lo que es un director. Es así. Aunque también me conflictúa, claro. A veces no es agradable, pero siempre tienes que pensar que no es por ti, que es para la obra. Luego hay días que no te da la gana, que no te apetece, pero tienes que volver a ensayar. Esta es la dicotomía del actor. Yo creo que es mejor aceptarlo para poder seguir, porque un director que nunca grita… no sé… eso de “los ensayos han sido como un bálsamo”… para eso nos vamos de vacaciones a Cádiz, ¿no?, porque es muy raro que no haya ningún tipo de fricción, que un actor o un director no diga una barbaridad en un momento dado y luego lloremos todos y nos abracemos.

 



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