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Entrevista

El vuelo lastrado del Blackbird

Entrevista con Carlota Ferrer, Irene Escolar y José Luis Torrijo, directora y protagonistas de la obra de David Harrower que se estrena en El Pavón Kamikaze

Por Álvaro Vicente  Fotos: Vanessa Rabade

 

Un hombre y una mujer se reencuentran en un espacio indeterminado. Algo les une tanto como les distancia. ¿Qué va a ocurrir? Blackbird, una obra del autor escocés David Harrower estrenada en medio mundo, con su estructura clásica y su lenguaje directo, esconde un conflicto moral que irremediablemente saltará al patio de butacas. Hablamos con los dos protagonistas y con la directora del montaje. 

 

IRENE ESCOLAR

Es muy difícil hablar de esta función sin destriparla. No es cómoda, pero es muy atractiva, muy magnética, un buen reto también para vosotros, ¿no? 

Reto total. Yo leí la obra hace 3 años y compré los derechos inmediatamente, quería hacer este personaje a toda costa, es una gran oportunidad para crecer sobre el escenario. Además, es una obra que se ha hecho en todo el mundo y tenía que verse en Madrid.

 

¿Por qué te fascinó tanto? 

Está escrita de manera magistral, tiene una arquitectura dramática perfecta, son dos personas en un cuarto y eso sostiene toda la función con muchísima fuerza. Y esos dos personajes están muy bien escritos, son muy completos y muy complejos.

 

No tiene casi acotaciones, lo cual debe dejarla muy abierta a interpretaciones distintas. ¿Por dónde la habéis llevado?

Nosotros creemos que hay que hacerla desde el realismo, desde la verdad más absoluta. A pesar de que hay también mucha poesía en el texto y Carlota Ferrer ha sabido darle ese vuelo poético, es una función muy realista, habla de cosas muy concretas que tienes que llevar hasta el fondo, no puedes escapar de eso, como actor tienes que explorarlas desde ahí, no puedes pasar por encima.

 

¿Cómo enfrentáis ese texto de estilo tan entrecortado para que se termine viendo orgánico, para encontrar esa verdad?

Es complicado de estudiar, porque realmente Harrower escribe por pensamientos, hasta que no ves exactamente lo que estás diciendo no puedes pasar a la línea siguiente. Y luego tenemos a la mitad cada uno un monólogo impresionante, que para mí ha sido de los textos más complicados que me ha tocado hacer, más duro incluso de hacer que El público. Luego, una vez que lo tienes, es más fácil trabajarlo con el compañero, picarse, hablar a la vez. Estas dos personas tienen muchas preguntas que hacerse y muchas cosas que decirse, tienen la necesidad de entenderse, ver qué está pasando... y tiene que parecer que todo eso sucede por primera vez. Tienes que transitar cada día lugares muy oscuros y muy dolorosos. 

 

¿Has tirado de alguna referencia a la hora de interpretar a Una, tu personaje?

No, realmente está todo en el texto. Una es un personaje muy complejo, pienso en ella como una persona que se quedó estancada en un momento en el tiempo, pero a la vez es una mujer adulta que ha tenido que madurar a lo bestia cuando no tocaba. Tiene esas dos vertientes, por un lado la persona estancada y por otro la mujer que va muy por delante de todo. 

 

Como el pájaro del título, que tiene esa ambivalencia...
Sí, el pájaro es la libertad pero por otro lado está marcado por la oscuridad, por algo del pasado de lo que no se puede desprender, pero intenta tirar hacia arriba, como dice la canción de los Beatles. 

 

 

 

JOSÉ LUIS TORRIJO

¿Cómo fue tu primer encuentro con esta obra, qué pensaste? 

Estaba en Barcelona trabajando, lo leí y dije: qué buena historia, pero no sé si quiero hacerla. Se lo dije a Carlota: está en el límite de lo que quiero representar, porque como actor -no sé el resto de compañeros-, para mí hay personajes que uno quiere representar y otros que igual uno no quiere. Es una función que tiene que ver tanto con los sentimientos, con las tripas, que hay sitios donde te quieres meter y otros donde no quieres. Al personaje hay que defenderlo y para defenderlo tengo que creer que lo puedo defender y Ray, mi personaje aquí, está en un límite muy difícil. Lo que pasa es que Harrower nos da a los dos personajes herramientas suficientes para poder defendernos y jusfificar algo muy difícil de justificar. También es una función que habla sobre el perdón, el amor, la culpa, sobre la capacidad que tenemos de retomar nuestra vida, de cambiar el pasado, de avanzar. Creo que todo eso es algo bueno para contar y eso fue lo que pesó en la balanza a la hora de decidirme.

 

Es tan teatral que el conflicto está en la propia decisión de hacerla o no hacerla...  

Bueno, cuando estás con algo de pronto hay señales. Leí una vez que si algo te da mucho miedo es bueno hacerlo, porque seguramente tiene guardado algo bueno para ti, para tu trabajo. Las cosas en la vida ocurren por algo y las funciones de teatro nos invitan siempre a descubrir algo de uno mismo. Lo que pasa es que está siendo duro, a veces acabamos los ensayos muy revueltos. No es indiferente para nosotros, luego no lo va a ser para el público.

 

El público parece fundamental para "terminar" esta obra, porque una vez que acaba, cada espectador se lleva el veredicto a casa...

El debate es constante y va a ser constante. Nosotros mismos, desde que empezamos a ensayar, hemos tenido debate todo el rato, y si hay debate dentro, el debate fuera también va a estar, porque los dos personajes se explican suficientemente bien. A mi personaje lo que le pasa es que en un momento de su vida determinado, hizo algo sin pensar, se dejó llevar por una emoción. Ha pagado lo que tenía que pagar, pero alguien viene a recordar eso y a pedir explicaciones. Y la defensa de mi personaje es esa, ya he pagado, no tenía que haber pasado, pero tengo derecho a seguir con mi vida. Y eso es lo bueno de la función y lo que es extensible a otras muchas cosas: el perdón en la vida es muy importante. 


¿Te ha llevado esta obra a donde no te había llevado ninguna otra?

Sí, porque sobre todo implica un gran nivel de presencia y de contacto con el otro personaje. Desde que entramos es como un duelo de vaqueros en el oeste, con esa tensión constante. No podemos dejar de mirarnos porque no sabemos qué va a hacer el otro. Gracias a dios tengo a Irene enfrente, es un gustazo, me engancha y no me suelta. Cuando tienes un compañero así es más fácil trabajar. 

 

 

 

CARLOTA FERRER

¿Cómo te enfrentas como directora a este texto, que en lo formal parece tan complicado? 

Está muy bien escrito y en la primera lectura lo formal no es tan importante, porque lo que cuenta es desasosegante: lloras, te cuestionas, te sorprendes... Pero luego te pones a trabajarlo y para ponerlo en boca de los actores hay que buscar el hiperrealismo, al menos en la primera parte. Lo más importante es ir dibujando el paisaje de pensamiento que hay detrás, que sostiene lo que dicen los personajes.

 

¿Cómo se hace eso del paisaje de pensamiento? 

Hay que ir frase por frase, proponiendo cosas entre los actores y yo sobre cómo acaban esas frases que se cortan, porque aunque no digas lo que falta, tienes que saber cuál es el pensamiento que lo sostiene, esa pausa tiene que estar habitada. A mí esto me lo enseñó Krystian Lupa, porque en la vida mentimos mucho, a veces queremos decir una cosa pero la edulcoramos. Es ir indagando por qué uno no acaba una frase, que a veces tiene que ver con el estado emocional del personaje, o con lo que quiere conseguir del otro... frase a frase.

 

A mí me inquieta especialmente el arranque de la función, esa tensión entre los dos personajes tan densa, tan asfixiante, tan llena de posibilidades...

Ese primer encuentro lo hemos trabajado mucho, sobre todo en el caso de Ray, porque son muchas cosas a la vez y un actor no puede actuarlo todo, hay que elegir qué en cada momento. La contradicción se da porque ahora dice una cosa y luego la contraria, pero el actor no puede trabajar en contradicción, aunque la tenga el personaje, porque si no es un lío.

 

Y luego está ese espacio tan indeterminado donde sucede el encuentro, tan lleno de simbolos...

Es maravilloso cómo Harrower plantea ese espacio tan raro. Y en realidad no hay que complicarse en querer que se entienda, sino al revés, tú también te tienes que preguntar dónde están. Yo le decía José Luis que seguramente es un lugar donde todo el mundo tiene un pasado, lo que genera que no tengan confianza entre ellos. Cada uno hace su trabajo, pero no sabemos muy bien qué le pasó antes a los compañeros.

 

Es una obra que exige un espectador muy activo, completando huecos, tomando partido...

José Luis e Irene se pelean a veces, porque desde el personaje tienen que defender una postura. Y eso es lo que le tiene que pasar al espectador, unos creerán lo que dice Irene y dirán que lo de él es mentira, y otros pensarán que es él el que tiene razón. Si conseguimos eso es que lo estamos haciendo bien. Es un rellenar huecos constante e impresionante, porque es enorme todo lo que sucede a nivel subterráneo. De hecho, es el primer texto en el que no he necesitado irme a otras herramientas más allá del arte del actor para contar la historia, salvo cuando llegan los monólogos, que ahí hay otro onirismo, otra poética que he podido encontrar en la puesta en escena, pero todo el comienzo es mirarse y hablar, y es un viaje increíble que no necesita aditivos de puesta en escena, son 40 minutos en los que el público no tiene certezas, es pura incertidumbre. 

 

Una curiosidad:¿por qué esa pintura negra de las fotos promocionales? 

Tiene que ver con la basura y con la mancha. Ella viene a decirnos que los dos tienen esa misma mancha. Una cosa muy interesante al final es cómo la sociedad ha enturbiado su relación, con derecho o no, pero es la sociedad el oponente, la familia, los abogados, la policía, el orden moral establecido el que ha truncado el destino de esa pareja, sin entrar en juicio moral, si está bien o no. Y lo que han vivido después está muy condicionado también por ello. Hay una cosa también muy interesante para mí que se desprende de esta obra: la culpa por no sentirte culpable. 

 

 



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