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Entrevista

Irma Correa: el horror se combate con belleza

La dramaturga canaria aborda en 'Hablando (último aliento)' una dimensión silenciada de la violencia machista: el suicidio

Por Álvaro Vicente

 

Irma Correa escribió sobre personas con discapacidad intelectual en Desde lo invisible (Premio Max Revelación 2008) y sobre inmigración en Friday (Premio SGAE de Teatro 2010), y ahora aborda la violencia machista desde una perspectiva muy silenciada, desde la de las mujeres maltratadas que se terminan suicidando, a partir de un texto que tiene ecos de Alejandra Pizarnik, interpretado por Lidia Navarro y Muriel Sánchez, bajo la dirección de Ainhoa Amestoy.

 

Lo primero, Irma, quiero darte la enhorabuena, doble enhorabuena, porque acabo de terminar de leer la obra y me ha conmovido profundamente, el final es duro pero esperanzador y luminoso. Y por otro lado, enhorabuena por poder estrenar en el Centro Dramático Nacional. Es una alegría ver cómo toda esa nueva oleada de dramaturgos y dramaturgas está estrenando en los grandes teatros y en condiciones dignas. ¿Cómo lo estás viviendo?

Muchas gracias. Pues lo estoy viviendo supongo que como todos, con mucho vértigo, con emoción, con sentimientos encontrados y contradictorios. Vértigo, vacío y luego muchísimas ganas de que vea la luz esta historia, porque me parece una historia necesaria, me parece que estas mujeres deben tener voz, porque indudablemente el tema está saliendo a la palestra desde hace poco, pero esta parte de la violencia de género está doblemente silenciada, porque son mujeres que siguen un proceso atroz y que su final no se cuenta por ningún lado, no sale en las noticias y, además de esto, sus muertes no computan como víctimas de violencia de género, sino como suicidas. Es una injusticia muy muy muy grande que a mí me revuelve las entrañas, porque son muchísimas más de las que nos imaginamos.

 

Supongo que habéis hecho una investigación al respecto y te habrás encontrado… bueno, hablar de datos en estos casos me parece muy frío, pero desde luego habréis conocido realidades tremendas. Es verdad que si ya es sangrante ver cómo determinados medios de comunicación tratan los asesinatos por violencia machista, que a veces parece que son muertes inducidas por el espíritu santo, además de eso las mujeres que se suicidan cuando viven en esta situación encima no son tratadas como víctimas de violencia machista, sino como suicidas, como si una vez más la única responsabilidad fuera la de ellas a la hora de tomar una decisión así.

La injusticia rebosa cualquier tipo de racionalidad. No es algo que uno pueda racionalizar, porque no entra. De lo que se trata ahora es dar visibilidad a la violencia de género, pero sobre todo a este reducto, porque está todavía muy en la cola, y eso que existe en el código penal, está tipificado como inducción al suicidio, en el artículo 143. Hay varias sentencias pendientes, pero no es algo que salga en los medios, ni en los telediarios ni en la prensa. Y de hecho me he encontrado con mucha gente que me dice: joder, qué duro este caso, ¿no? Como si fuera un caso aislado lo que estoy contando. Y no. Nosotras, cuando empezamos los ensayos, tuvimos un encuentro con Cruz Sánchez de Lara, que es una abogada experta en derechos humanos y violencia de género, y ella fue mujer maltratada y terminó en el hospital con intento de suicidio también, y nos habló de un porcentaje que a todos nos dejó hundidos, porque nos habló del 84% de las mujeres, es decir, el 84% de las mujeres que sufren violencia de género han pensado suicidarse, lo han intentado o lo han conseguido, lo cual quiere decir que son casi todas. A mí me parece horrible, el pozo y la desesperación de estas mujeres, el túnel y la soledad tan profunda que viven… porque ellos se encargan de apartarlas de todo y se van yendo yendo yendo... y la soledad es un elemento tremendo que les aboca al final a tomar esa decisión, esa enorme desesperación.

 

Claro, porque luego está ese entorno que debería estar para ayudar y consigue todo lo contrario. Lo reflejas muy bien en una escena de la obra cuando se recrean los encuentros con la jueza y de las tropecientas denuncias que ya lleva presentadas. Además, has elegido una jueza, una mujer, supongo que no es casual…

Sí, es elegido. Yo leí muchísimos casos y hubo un caso hace 2 años, el de Sara Calleja, que apareció en los periódicos, que era una pintora de 52 años que sufría malos tratos y estaba separada y este señor le hacía la vida imposible, acosaba a la madre que era muy mayor, a los hijos… Y esta mujer, en concreto, puso 17 denuncias, tuvo 3 juicios, en uno de ellos condenaron al tipo a 9 meses de prisión, el tipo iba con la tobillera de seguridad, y aún así él iba a por ella, son apisonadoras, no hay otro objetivo en la vida para ellos. Y luego la mayoría de las víctimas dejan cartas de despedida, que es lo más doloroso que he leído nunca, y la carta de esta mujer en concreto se dirigía a la jueza del juzgado de instrucción de León, y la culpaba directamente de su muerte, porque decía eso, qué más puedo hacer, ya lo he hecho todo, he puesto 17 denuncias, qué más puedo hacer. Pero no es un caso aislado, desgraciadamente.

 

Buff… en fin, hablemos de la obra. Te quería preguntar por el origen de este texto, tengo entendido que el germen está en un material más antiguo y además vinculado a tu experiencia como lectora de Alejandra Pizarnik. No hacen falta muchas excusas como para enfrentar un texto como este, por la necesidad de dar voz a estas mujeres, pero en lo más artístico, ¿qué inquietudes dramatúrgicas te llevan hasta esta función?

Sí, esto empezó con la lectura de los diarios de Alejandra Pizarnik, hace muchos años ya, y a partir de ahí empecé a trabajarlo. Me caló muy profundamente, me atravesó el corazón el sentimiento de ver un callejón sin salida, me conmovieron más los diarios que la propia creación poética de Pizarnik, a la cual yo ya había sucumbido, pero sus diarios me abrieron una puerta vital y literaria. Y ahí empecé a reflexionar sobre el suicidio, qué significa, por qué, porque creo que todos en algún momento hemos pasado alguna vez por ahí, no es algo que tampoco pasa por lo racional. Escribí una pieza corta, que con el tiempo y en base a estos casos de violencia de género que han terminado así, fue tomando más cuerpo, preguntándome –y ahí está el germen- por qué estas mujeres no ven otra salida, porque no la ven.

 

Y lo que también sorprende y abruma es que vean el suicidio como la única liberación posible.

Exacto. Hay una frase que estoy diciendo y que para mí fue determinante en el proceso, porque también leí a David Foster Wallace, que hablaba abiertamente sobre el suicidio (de hecho él lo intentó varias veces), y él decía, que es una imagen que para mí ha sido muy reincidente y muy clara, él hablaba de tener que elegir entre el fuego y el vacío, porque cuando un suicida está en esa tesitura de pensar en lo insoportable que le es la vida, realmente piensa en irse porque no soporta estar aquí, es un sufrimiento extremo, que yo creo que nadie podemos juzgar, ninguno puede juzgar ese nivel de sufrimiento, de desesperación y soledad, solo esa gente que finalmente entra en ese túnel. A mí me venía la imagen de estos cuerpos que parecían motas de cenizas cayendo de las torres gemelas, iban a ser devorados por el fuego y se lanzaban al vacío como única liberación. En el caso de estas mujeres es terrible, en medio de esta situación devastadora, hay un reducto de dignidad que tiene que ver primero con el “no puedo más”, no puedo seguir con este sufrimiento, pero también una mensaje para el hombre de “no lo vas a volver a hacer”. En el caso de muchas mujeres también hay un motor de amor de su familia y de sus hijos en el caso de que los tengan, porque no es una liberación solo personal: ellas se sienten una carga para su entorno. Sencillamente es un paso que tienen que dar porque están viviendo un infierno, literal.

 

 

Lo dice Ainhoa en un texto que viene en el dossier de prensa, ella habla de que ese final aparentemente poco esperanzador, en el montaje ella y todas vosotras habéis querido subrayar la valentía, la victoria que supone, y que además sea un final luminoso.

Paradójicamente, sí, porque es liberador. Yo me puse en contacto con una asociación, Aipis, que trabaja el apoyo y la información a familias que han sufrido alguna pérdida por suicidio, o que tengan en su familia alguien que haya intentado suicidarse. Tienen una página web maravillosa (www.redaipis.org), y a priori a mí me parece que el suicidio en sí es un tema muy tabú en la sociedad, no entendemos por qué lo eligen, porque nosotros estamos en el lado de la vida y de la luz, y no entendemos que haya personas que viven esto como insoportable. Una de las cosas que me decía el presidente de esta asociación es que la primera reacción que tiene la familia cuando alguien se suicida es el rechazo, negación total: él o ella no se quería suicidar, no tenía razones para hacerlo... buscan culpables, buscan a quién culpabilizar, porque desde un punto de vista racional es muy difícil de entender que uno se quiera ir. En la obra, como espectador, vas a querer darle soluciones a la protagonista: vete, busca ayuda, llama a la vecina, llama a la policía… Pero son tantos los condicionantes... Y bueno, eso, me decía el presidente de Aipis que en ese proceso de duelo lo primero es el rechazo, que es lo que todos sentimos en general ante un suicidio, la reacción natural, y luego, una vez que asumes, te entra rabia, impotencia, y hay también una fase también de culpabilidad: no lo supe ver, no hice nada para impedirlo, etc. Hasta llegar a la reconciliación, que es la parte más difícil y tiene que ver también con la libertad que le otorgamos al otro, es decir, si el otro –y esto está ligado con la eutanasia o con las personas que están en coma- decide irse, nosotros no somos quién para juzgarle. Y hay un juicio social constante con el suicidio, como que está mal.

 

Y la religión católica, que al final está en la base de nuestra cultura, pone al suicida en el peor de los lugares...

En el peor, es un acto egoísta, que va contra dios, contranatura… Y uno piensa, realmente qué es más egoísta: ¿querer que una persona enferma terminal aguante y sufra porque a ti te duele que se vaya? Es a ti a quien te duele, pero para esa persona es liberación, porque no hay otra salida.

 

Hace poco hablaba de todo esto también con Fernando J. López, que en la misma sala de La princesa en la que estrenáis vosotras, estrenó él no hace mucho #malditos16 que tocaba el tema del suicidio, en adolescentes además, que todavía cobra un sentido más inquietante, porque todo el rechazo se hace patente por parte de los padres que no pueden asumir que su hijo se haya suicidado en lo mejor de la vida, cuando no quieren ver que no han sabido entenderse con sus hijos. Y me parece importante que sea el teatro una vez más el que afronte temas tan cubiertos de tabú como estos, rechazados por otros altavoces sociales y culturales. Y en vuestro caso se conjugan dos temas muy poco transitados desde una mirada amplia, abierta, conciliadora, con ganas de acercarse, entenderlo y darle la visibilidad que necesitan.

Creo que el teatro, como dice Juan Mayorga, no deja de ser un espejo de la sociedad, y a veces nos da un poco de miedo dar ese salto para hablar de las cosas, pero una vez que se empieza a hablar... Yo quiero pensar que esta va a ser la primera obra que va a hablar de esto y que de aquí en adelante vamos a derribar un muro para empezar a hablar abiertamente de esto. Yo le contaba a Ainhoa que con este proceso tenía la misma sensación que tuve en su día con Desde lo invisible, que fue una obra que escribí sobre el mundo de los discapacitados intelectuales, hace muchos años ya, y al principio nos fue difícil de programar, era una obra bellísima, pero lo veían con el velo del tabú, no sé cómo irá en taquilla, nos decían… y mira, se puso sobre las tablas y empezó a funcionar y el efecto fue un tsunami y terminamos ganando un Max. Me sucedió también con Friday. Yo escribo desde noticias que me chocan y me rasgan por dentro y Friday estaba basado en un hecho real y representaba las historias de todos los niños que intentan cruzar ese estrecho atroz que va desde la costa africana a nuestras costas canarias, y esos kilómetros de agua están llenos de huesos porque muchas personas han perdido la vida ahí. Cuando yo escribí esta obra apenas se hablaba de esto, porque era una situación incómoda. Porque era un problema acuciante con las pateras, aunque parece que ya no existe y que nos hemos olvidado, pero sigue estando ahí, más en el Mediterráneo, y tenemos un problema brutal que no tiene que ver con el agua y sí con la tierra, en Siria. Quiero decir, deberíamos hablar de la inmigración todos los días, todo el tiempo. Yo tengo una frase muy presente: qué dirán mis hijos. Porque nosotros leemos sobre el Holocausto y decimos qué barbaridad. Yo si hubiese tenido a alguien que hubiera vivido allí entonces, le preguntaría: tú qué estabas haciendo mientras esto sucedía. A mí esto me pesa mucho. Desgraciadamente yo lo único que puedo hacer a nivel ciudadano es votar y delegar la responsabilidad de decisiones institucionales a los representantes que yo quiero que tomen ciertas decisiones y estén de acuerdo con mi visión del mundo, pero a nivel artístico, aunque los artistas a priori no vayamos a cambiar el mundo, creo que sí lo podemos concienciar y en una parte hacer todo esto más habitable. En esto está nuestra pluma y nuestras teclas, contando historias que son duras, incómodas, pero necesarias, con toda la belleza de la que seamos capaces, porque el horror se combate con belleza, eso lo tengo clarísimo.

 

Volviendo al texto, quería preguntarte por la elección del doble como clave, como elemento dramatúrgico para contar la historia. ¿En qué momento y por qué decides contar esta historia así, jugando a desdoblar a la protagonista?

Como te decía, fue un descubrimiento de gran magnitud para mí leer los diarios de Alejandra Pizarnik, y leer los diarios no deja de ser atravesar la mente de alguien, estar con ella y acompañarla. Yo ahí empecé a pensar cómo son esos momentos previos, justo antes del suicidio, no tanto lo que le rodea, sino qué pasa por su cabeza. Y entonces, de una manera automática saltó eso, yo hablo conmigo y de alguna manera entra el miedo, porque hay una parte de mí que no quiere morir, es más que evidente, y hay una lucha interna entre el yo que quiere morir y el que no quiere, que quiere intentar desesperadamente buscar una salida final. Es una lucha tremenda contigo misma. Y luego uno de los retos más grandes que tenemos los dramaturgos es entrar en lo humano de cada personaje, independientemente de la acción dramática, que es lo que sostiene evidentemente la historia que estamos contando. Lo más difícil que hay es entrar verdaderamente en lo humano y en la línea de pensamiento de cada personaje, humanizarlos hasta el extremo, porque son muy complicadas de entender ciertas líneas de pensamiento.

 

Es tremendamente difícil y por eso admiro tanto a los dramaturgos, me parece incluso heroico llegar hasta ahí...

Hay algo que tiene que ver con un proceso casi físico, porque a mí por ejemplo me ha dolido mucho, lo he pasado realmente mal escribiendo este texto, porque o entras desde las entrañas y le pones el corazón o esto no sale, no te puedes distanciar, no hay una manera de contar algo así desde la distancia. 

 



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