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Crítica / Mármol

Guijosa ha construido un sólido y elegante artefacto teatral que se cocina a fuego lento

Valle Inclán

Por María José Moral

 

El frío Mármol se cuela en la Sala Francisco Nieva de manera 'freudiana' y sacude las vidas de los cuatro personajes de esta historia de Marina Carr, una autora contemporánea irlandesa representada por primera vez en nuestro país bajo la dirección del prolífero Antonio C. Guijosa.


Dos parejas acomodadas, iconos de familias modélicas, ven tambalear los cimientos de sus confortables vidas por un sueño erótico que Catherine y Art, inexplicablemente, mantienen de forma simultánea.


Art, viejo amigo de Ben y compañero de trabajo, le confiesa que ha soñado con su esposa Catherine. Para sorpresa y desazón de Ben, cuando éste llega a casa, Catherine le cuenta que ha tenido el mismo sueño con Art. Comienza de esta forma una infidelidad onírica entre ambos que no cesa y que va transformando poco a poco y de forma tormentosa las perspectivas vitales de uno y de otro. ¿Es el deseo motivo suficiente para cambiar el rumbo de nuestras vidas? ¿O es, como dice Catherine, sólo una señal? ¿Un pretexto que pone sobre la mesa cuestiones existenciales y abre el nostálgico abanico de las vidas no vividas?


La perfecta materialización de ideas en las palabras con que dota la autora a sus personajes nos invita a recorrer los profundos conflictos que experimentan éstos y que cuatro impecables interpretaciones ponen en escena con maestría. José Luis Alcobendas, Elena González, Susana Hernández y Pepe Viyuela encarnan a estas dos parejas aburguesadas que se han acostumbrado a la rutina de sus obligaciones y al vacío de lo material y transitan con la historia en una sutil pero muy lograda transformación de sus personajes. A parte de echar de menos cierto acento en algunos diálogos que soterran argucias psicológicas, se agradece que el reproche no sea un fin en si mismo y que los actores hayan integrado en sus actuaciones la elegancia del texto.


El paulatino despertar de Catherine, que Elena González determina acertadamente desde un lugar cercano a la inocencia (rozando en ocasiones cierta infantilización), es paralelo y perfectamente armónico al deterioro anímico de Ben, un personaje que conmueve en su desesperación creciente y al que José Luis Alcobendas, con gran presencia escénica, otorga total credibilidad y ornamenta con matices. En contraposición, Art, encarnado genialmente por Pepe Viyuela, nos muestra un proceso mucho más subterráneo donde el peso de lo moral va haciendo mella. Vemos en este matrimonio la evidencia del fracaso de una forma casi despiadada, algo que hay que agradecer al minucioso trabajo de Susana Hernández en el papel de Anne que con una logradísima actitud de aceptación del hastío va minando el terreno hasta el desenlace.


El color gris, aburrido y monótono, a veces sórdido, es el protagonista de una escenografía minimalista con espacios sugeridos. Buena alegoría del color para esta historia que arremete contra lo establecido a pesar de que la homogeneidad estética, que no se complementa todo lo que podría con la iluminación, sacrifica algunos momentos interpretativos por falta de atmósfera.


Antonio C. Guijosa ha apostado por un gran texto y ha construido un sólido y elegante artefacto teatral que se cocina a fuego lento.



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