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La ciudad de Desolation Row

Publicado 28-12-2016



Por Neus Molina

 

“En este barrio hay locales en los que no sabes si cortarte el pelo, comerte un muffin o comprarte un mueble vintage que antes era de tu abuela”. De esta guisa mostraban su rechazo a la gentrificación los okupas de La Quimera en el pregón alternativo de las fiestas de San Lorenzo de Lavapies. Entre la ironia y el malestar porque lo cierto es que el hipster de la calle Argumosa, de Hackeney en Londres o del Raval en Barcelona comparten no solo la pertenecia a una nueva clase social, si no un nosequé que resulta cómico, ridículo e irritante. “Tios de 40 años en monopatín comprando reposteria para sus perros. Madre de Dios, ¿y estos quieren vivir aquí?” así son para Jaime, vecino de Embajadores de toda la vida, los nuevos colonos urbanos: la clase creativa.

Lo que para Jaime resulta inaudito y desconcertante es lo que los sociólogos llaman gentrificación o como las clases sociales con un mayor poder adquisitivo se desplazan al centro urbano, a menudo degradado de las ciudades, desplazando a su vez a la población “autóctona”.

La gentrificación -término que proviene de “gentry” era la manera peyorativa de referirse a la nueva burguesía inglesa terrateniente durante la Revolución Agrícola del siglo XIX- no es un fenómeno nuevo pero si un fenómeno en alza que coloniza, sin prisa pero sin pausa, los centros de las metrópolis de las capitales europeas y en algunos casos americanas o latinoamericanas. El neologismo fue introducido por la socióloga marxista Ruth Glass en 1964 para hablar del modelo migratorio de la nueva burguesía-bohemia que buscaba en los barrios céntricos y paupérrimos viviendas y estudios para sus actividades creativas, obligando a desplazar a las clases populares.

 

Malasaña, El Cabanyal, La Magdalena, Hoxton, Harlem, El Raval, Valparaiso –Chile- son algunos ejemplos de esta ola de "destrucción creativa" que a menudo se confunde con regeneración urbana. Para David Madden periodista de The Guardian,  no hay duda, todos los procesos de gentrificación siguen casi siempre una dinámica calcada: los barrios pobres se definen como  necesitados de una regeneración o rehabilitación “como si el problema fuera la falta de “vida” y la “dejadez” y no la desigualdad o la pobreza”.

 

Y aparece el cupcake

Daniel Sorando, doctor en Sociología, y Álvaro Ardura, arquitecto y profesor de Urbanismo, analizan el fenómeno en el libro First we take Manhattan. La destrucción creativa de las ciudades y haciendo un guiño a Leonard Cohen (o a Lagartija Nick y Morente) trazan un recorrido entre diferentes guettos urbanos y analizan los impactos de lo que Sara Kendzior llama la hipsterización capitalista.

 

La proliferación de comercios dirigidos a esos nuevos urbanitas -tiendas de "cupcakes", ropa "vintage" o repostería para perros- es la parte final y más visible de un fenómeno que silenciosa y lentamente impone otras consecuencias, como la pérdida de diversidad, el destierro de lo público y la "invisibilización" de los perdedores que migran a otros rincones de la urbe. Los problemas no desaparecen. Se desplazan.

 

Aunque cada ciudad responde a idiosincrasias propias para Sorano y Ardura la gentrificación puede explicarse en cuatro fases: degradación, estigmatización, resignificación y mercantilización. Los grandes equipamientos culturales aparecen en el proceso de resignificación cuando desde las instituciones se facilita la sustitución de la clase social no productiva hacia la clase creativa, improductiva en términos fordistes, pero el bastión del neoliberalismo postfordiano. La ciudad-asilo reconvertida en ciudad-escaparate y el equipamiento cultural el nuevo punto de encuentro y peregrinación sobre el cual pivoten el resto de las reestructuraciones del barrio.

 

Donde hay poder hay resistencia

No obstante, y de manera paradigmática, a veces se añade una nueva fase, la quinta: la resistencia. Como decia Foucault “donde hay poder hay resistencia” y tal y como apunta Javier Rodrigo investigador de fenómenos urbanos del colectivo  Transductores, “los grandes equipamientos culturales como el Reina Sofia en Madrid o el Macba en Barcelona han permitido la identificación del “enemigo” facilitando el sentimiento identitario de pertenencia al barrio y el trabajo cooperativo”.

Para Rodrigo, la gentrificación no es un modelo blanco o negro. Los polos entre clase creativa y la clase social "autóctona" que habita los barrios puede desaparecer para dar lugar a sinergias y alianzas a través de la cultura comunitaria. "Lo que hay que repensar es qué entendemos por cultura".

 "Más que demonizar las instituciones culturales públicas habría que reconducir sus recursos hacia un debate y otro modelo de ciudad lejos de la especulación inmobiliaria y el elitismo cultural" matiza Rodrigo.

 

La llegada de las clases creativas hacia el centro de las metrópolis en busca de casas más económicas y estímulos culturales, facilita el aumento de precio y precariza todavía más las condiciones de la población "natural", que en muchos casos se ve obligada a desplazarse, con riesgo de rotura del tejido familiar y social.

"Si todos entendemos que el acceso a servicios como la sanidad tiene que ser público y estar garantizado, por qué no pasa lo mismo con la vivienda?" Según Rodrigo “Gentrificar aceptando cambios en la estructura social sí, pero con una compensación afirmativa: el acceso a un hogar para todo el mundo".

Entre las señales de "resistencia", se incluyen acciones como la del ayuntamiento de París, que está adquiriendo opciones de compra de vivienda para mitigar la rotación poblacional en algunos barrios. O la aprobación de una ley en Berlín para frenar el precio del alquiler, disparado en un 32 % entre 2007 y 2013.

 

Uno de los objetivos de First we take Manhantan tal y como explica Ardura es “hacer un llamamiento a los poderes públicos para que contrarresten la deriva del mercado con medidas como la provisión de parque público de vivienda”.

 

Pero en realidad el libro también es un aviso para navegantes: a los flaneurs de Baudelaire, a los paseadores profesionales de barba y monopatín, a los comedores de cookis y porridge, a los del iphone y las camisas de flores,  a las instituciones, a los culturistas y culturetas,  los especuladores y a los resistentes. ¿Cómo queremos que sean nuestras ciudades? ¿Escaparates para turistas, hipsters y mascotas? ¿O la ciudad de Desolation Row de Dylan? Una metrópolis donde T.S Elliot conviva con el jorobado de Nôtre Dame, la Cenicienta y Caín y Abel.  Una ciudad donde quepamos todos.





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