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Hablemos de participación

Publicado 28-12-2016



Por Daniela Pascual, de Improvistos

 

Existe un mito detrás de la participación: que es progre. Entendida como la implicación directa de la ciudadanía en los asuntos públicos – véase la formulación, implementación y evaluación de políticas públicas – la participación, en un principio contra-hegemónica, es hoy un término bling bling, más famoso que Madona, maleable hasta el punto de ser todo y nada a la vez. No obstante, pese a esta decapitación política[1], la participación implica y vehicula concepciones distintas sobre la democracia. Reconocer estas posturas políticas es esencial para entender qué, cómo y por qué acontece lo que acontece en nuestras ciudades (y teatros). Más que nada, nos permite posicionarnos e imaginar qué modos de relacionarnos querríamos desarrollar en nuestro cotidiano, en los ayuntamientos, en los teatros, en las plazas. Tal vez así podremos devolverle cierta esencia a un término tan triturado y machacado. Estas líneas son un primer esbozo, siendo  mi intención explorar este tema en próximos artículos y de forma detallada, tanto desde el punto de vista de las artes escénicas como desde el del urbanismo, explorando los posibles intercambios entre ambas disciplinas.

 

Grosso modo, existe una visión liberal o conservadora de la participación y otra más radical o progresista. En la tradición liberal, la participación es asunto de la sociedad civil, pero no de la esfera política. Por tanto, complementa el quehacer de las instituciones políticas, mas no es, de ninguna manera, una alternativa al sistema de representación política establecido. La ciudadanía puede auto-organizarse y gestionar ciertas tareas y asuntos comunes solo hasta cierto punto, siendo el límite más claro el de la propiedad privada: no podrá concretizarse ninguna iniciativa de la sociedad civil que ponga en duda este principio ya que es el que estructura la sociedad capitalista, a saber, la nuestra. En este sentido, la participación no implica que la ciudadanía posea un control de los recursos ni de cómo se utilizan.

 

Por el contrario, la tradición radical ve en la participación un medio de transformación de la sociedad que no se limita a mejorar puntualmente las instituciones políticas, sino que busca una implicación directa de la ciudadanía en el funcionamiento cotidiano de las mismas en la toma de decisiones. Desde este posicionamiento político, la participación sí conlleva un control de los recursos y de la producción por parte de y en beneficio de toda la comunidad.

En resumen, la visión liberal ve en la participación una estrategia de gobernanza, y la visión radical algo más parecido a una práctica de autogobierno[2]. Esto tiene repercusiones en cómo se materializa la participación en la práctica. 

 

Desde la aparición de los presupuestos participativos en Porto Alegre, hasta aquellas iniciativas que procuran poner alrededor de una mesa agentes con perfiles muy distintos para pensar en común, la participación ha ganado mucho terreno en el ámbito urbano. Ha sido legitimada e incorporada, aunque en distintos niveles, al modus operandi de los ayuntamientos. Es lo que muchos llaman participación por invitación – en la que la institución invita a los ciudadanos a ser partícipes de la acción de gobierno para disminuir la brecha entre gobernantes y gobernados – y que se opone a la participación por irrupción – en la que la propia ciudadanía se organiza fuera de la institución para reivindicar una redistribución del poder.

 

Sin embargo, y en ambos casos, la participación no tiene por qué ser inclusiva, ni empoderadora, ni equitativa – como el gran mito progre da por sentado. Para empezar, aquellos que más necesitan participar suelen ser aquellos que menos participan, mientras que el mero hecho de participar no erradica las asimetrías de poder. Es decir, poner alrededor de una mesa a personas con distintos recursos y necesidades, sin tener en cuenta aquello que diferencia a unos y a otros, puede suponer que los que poseen menos recursos para hacer valer su voz terminen legitimando decisiones y visiones del mundo con las que no están de acuerdo. Por último, si la participación no se traduce en una redistribución del poder y de las riquezas, no tiene mucho sentido. Por ello es importante preguntarse: ¿dónde? ¿cuándo? ¿por parte de quién y para quién? ¿con qué objetivos? ¿cómo se traduce la participación en cada etapa del proceso? ¿cuáles son los resultados?[3], ya que esto nos permite identificar el contexto, los agentes implicados y quiénes son o podrían ser los beneficiados.

 

En el fondo, es una cuestión de cómo nos relacionamos. Tras haber sido tanto participante como mediadora en talleres colaborativos y de participación ciudadana en Madrid, he llegado a la conclusión de que estamos frente a un agotamiento de formatos. Existe un esfuerzo hoy en Madrid por sistematizar la participación en la gestión de los asuntos públicos, pero al intentar reproducir iniciativas y experiencias, tendemos a exportar formatos y metodologías a modo de recetario, y me parece que esto limita mucho el potencial de los encuentros en sí. Organizamos charlas públicas, nos dividimos en grupos, conversamos, dibujamos, hacemos DAFOs, mapeamos, ponemos en común, evaluamos. Todo esto es necesario, y está muy bien, pero...¿cómo está distribuido el espacio en estas instancias de participación? ¿Quiénes hablan y quiénes no? ¿Nos escuchamos de verdad? ¿Cómo se manifiestan el consenso y el conflicto?…En definitiva, ¿dónde quedan los cuerpos?

 

Para mí, las asimetrías de poder se manifiestan en el propio cuerpo, desde su presencia o ausencia hasta el modo en el que entramos, nos sentamos, nos disponemos a hablar y a interactuar unos con otros. Es aquí donde el cruce con las artes escénicas me parece interesante y necesario ya que puede darnos pautas decisivas sobre cómo relacionarnos en el espacio, permitiéndonos, tal vez, hackear los tiempos y los formatos de la participación para crear nuevos prototipos. Ello implica no sólo investigar sobre cómo entrenamos nuestros cuerpos, sino también, y más que nada, pensar qué supone y cómo es hoy la participación en el teatro, tema del próximo artículo. 



[1] Pablo Alejandro Leal acuñó esta expresión en un artículo de 2007 para referirse al proceso de legitimización que ha tenido el término “participación”.

[2] Véase curso de Nociones Comunes en Traficantes de Sueños: No nos representan. La participación: ¿estrategias de gobernanza o prácticas de autogobierno? Audios de las sesiones disponibles en la web.

[3] Estas preguntas han sido extraídas de un artículo muy interesante sobre el tema: Participation in Urban Contention and Deliberation, de Hilary Silver, Alan Scott, Yuri Kazepov.

 





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